III Domingo de Cuaresma, ciclo A (Juan 4, 5-42)
Cuando Dios nos pide algo, no es
fácil darse cuenta de que no nos está denigrando, sino introduciendo en el
círculo de sus íntimos: aquellos que por ser servidores también llegan a ser
amigos. Y quizás sea ese el momento, ante una obligación que nos atrae y repele
al mismo tiempo, cuando debamos entablar con Jesús un diálogo al estilo del de
la samaritana. Jesús fue vaciando el interior de aquella mujer de toda el agua
estancada que ella mantenía con la estrategia de su pozo y la medida de su
cántaro, para hacer brotar una fuente de agua vida.
La
vida solo perdura si se entrega, y no intentando perseverar en ella con la
monótona fatiga de conservarla. Uno puede acudir todos los días al mismo pozo
sin plantearse ninguna pregunta importante, o puede tener un encuentro con
Alguien en el que se vuelcan todos los enigmas e inquietudes de su existencia.
Parte del trabajo de la Cuaresma consiste en abatir las defensas y deponer las
armas, hasta olvidarse incluso del cántaro con el que asegurábamos nuestra
provisión diaria. Desprotegidos, esto es, privados de los falsos amores con los
que disimulamos nuestra necesidad, podemos dejarnos herir por el Amor, que no
nos quiere por lo que somos, sino para darnos vida. Así nos lo recuerda san
Pablo: «Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores,
Cristo murió por nosotros».
https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/8-3-2026/lecturas/

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