XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo A) (Mateo 18, 15-20)
El amor de caridad, que nos es
dado por el Espíritu Santo, es el que ha de conducirlo todo en cada momento.
Sin él, los diferentes pasos que se proponen (reprender a solas, ante dos o
tres testigos, ante la comunidad, y la expulsión) podrían convertirse en un
mero procedimiento. Entonces, la interioridad, la vida que nos sostiene y por
la que la Iglesia cumple una misión en el mundo, quedaría olvidada. La
acumulación de escándalos, la presión de la opinión pública, la misma prisa por
solucionar un problema o dirimir una disputa no pueden hacernos olvidar esa
realidad sobrenatural a la que Jesús apunta al señalar al que nos ha ofendido
como «hermano».
San Agustín advertía que siempre
debemos olvidar la ofensa que nos han hecho, pero no la herida de nuestro
hermano que nos la ha causado. Es decir, hay que custodiar la unidad del amor.
Por eso, la separación de un miembro es siempre visto como el último recurso,
cuando se han agotado las posibilidades de que enmiende su conducta. Cuando
afrontamos los problemas, incluso los más graves, fuera de la caridad del
Corazón de Cristo, estos siempre quedan cerrados en falso e incluso es difícil
pensar que se puedan solucionar con justicia.
https://lecturasmisa.wordpress.com/l-i-a-tpo-ordinario-20-26/#_DOMINGO_23
http://www.usccb.org/bible/readings/090626.cfm






